La cotidianidad en las TIC. Práctica I.
Si de algo podemos estar seguros en esta década acelerada es
del cambio producido como sociedad en nuestras comunicaciones y modos de
acercamiento a la información. Las TIC (o Tecnologías de la Información y la
Comunicación) forman parte de nuestra mochila tanto o más que los bolígrafos y
los lápices en la EGB.
Mi cotidianidad —hablo desde un yo de 23 años, asumiendo que este es genérico— es distinta a la que tuvo mi madre. Ahora hemos tejido nuevas redes de pensamiento y nos hemos autoeducado con ellas.
Por lo pronto, en los ámbitos de la educación, de la cultura y de la investigación literaria, que son los que forman parte de mi día a día —tengo una faceta de estudiante, de investigadora y de docente— el libro físico ha dejado de ser el único centro sobre el que actuar. Existen plataformas digitales con las que compartimos mejor el habla (Webex, Skype, Meet), recursos audiovisuales que amenizan las clases (Kahoot, Youtube), que aportan una mayor estética a nuestros trabajos (Canvas) o que permiten acceder a una material de difícil acceso, descatalogado incluso, propios de actos presenciales y acabados en el mismo momento de la presencialidad, incluso. Como es el caso, por ejemplo, de la Teatroteca del Gobierno de Madrid o de los recursos on-line que ofrecen bibliotecas y centros de investigaciones como el Instituto Ibero-Americano de Berlín (IAI) o la Biblioteca Nacional de España (BNE). Y existen tantas otras TICs sin las que no podría salir del barro, como la plataforma de Refworks a la hora de recopilar material bibliográfico, en su función como baúl y generador automático de citas, o los lectores de texto, que permiten transforman el libro en un documento digital, o Google Drive, o las redes sociales, o el propio e-mail, que ha fundado una comunicación aunque nueva, necesaria, o los blogs, o...
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